¿Realmente lo estamos haciendo tan bien?

Los profesionales que trabajamos en la enseñanza pública tenemos absolutamente interiorizadas toda una serie de “verdades” que quizás deberíamos ir cuestionando. Por ejemplo, estamos convencidos de que en la enseñanza privada el fracaso escolar es casi inexistente porque segregan y seleccionan el alumnado que sientan en sus aulas. Ellos tienen los mejores alumnos, ellos tienen los mejores resultados. Así de sencillo. Si nosotros tuviésemos ese tipo de alumnado, les daríamos sopas con hondas. Pero como resulta que tenemos lo peorcito, pues no nos queda otra que aguantar (pobres de nosotros) a estos alumnos impresentables y esperar a que algún día gane no sé qué partido (¿el que consolidó los conciertos con la Iglesia en los años 80 quizás?) y que por fin obliguen a la escuela privada a asumir su parte de la… tarta. Y mientras tanto, lamentémonos, maldigamos a la Administración y por supuesto, no hagamos nada de nada.

El otro día estuve charlando con una antigua amiga. Por azares de la vida hace quince años acabó trabajando en un colegio religioso privado. A pesar de que ideológicamente ella se encontraba en las antípodas de sus jefes, razones económicas la mantuvieron allí durante todo este tiempo hasta que (como era de esperar) no aguantó más, se preparó unas oposiciones y las aprobó. Este es su segundo año en la escuela pública. Pues bien, me comentaba que casi le escandalizaba la ligereza con que en la Pública el profesorado se desentendía de los alumnos con problemas. “¿De los alumnos conflictivos?” le pregunté. “No, de los alumnos con problemas”, me repitió un poquito más despacio. Y es que en el colegio de curas rancios y elitistas del que ella venía, cuando un alumno suspendía, sin grandes tragedias griegas, con absoluta naturalidad, todo el profesorado asumía que era necesario tomar algún tipo de medida para recuperarlo, y se ponían manos a la obra. Sin embargo, le sorprendía cómo en la pública en las sesiones de evaluación sencillamente nos limitamos a cantar las notas y punto. Ni un solo comentario, ni una sola observación sobre qué se va a hacer con ese chico o chica para que no pierda el año… Nada de nada. Rapidito que tenemos prisa. ¿Y que pasa con el alumno? ¿Qué hacemos con él? “Qué estudie más y que no sea tan mal educado”. Esa es la respuesta que hemos escuchado todos cientos de veces. Y esa es la actitud que mi amiga, que todo hay que decirlo, tenía un poquillo idealizada a la escuela pública, no acaba de entender.

Igual está resultando que nosotros, los profesionales de la Pública, estamos siendo con nuestros alumnos tan elitistas, discriminadores y selectivos como los empresarios de la enseñanza privada (solo que nosotros no nos los podemos quitar de encima, o al menos no tan rápido como ellos). Igual resulta que deberíamos dejar de autocompadecernos y trabajar por que nuestros centros funcionen (porque con las actuales cifras de fracaso escolar sobre la mesa, está claro que no funcionan). Igual resulta que en la Pública sencillamente no estamos haciendo nuestro trabajo como deberíamos. Vaya usted a saber.

Contra Goliat.

Todos los que trabajamos en el mundo de la docencia venimos experimentando desde hace años cómo progresivamente se están adjudicando a la escuela cada vez más tareas. Ya no somos exclusivamente transmisores de conocimiento. Se nos exige, además de enseñar, educar, transmitir valores. En una sociedad en la que todo el mundo está muy ocupado (no sabemos muy bien en qué), ya nadie tiene tiempo para educar a sus hijos. Sigue leyendo