EMOCIONES SIN FRONTERAS

Nuestra capacidad de sorpresa se pone a prueba día a día. Parece que nos envuelve una coraza invisible  forjada por toda suerte de  informaciones, experiencias y un sinfín de imágenes que la retina ya es incapaz de fijar ni la memoria de almacenar. Raramente nos extrañamos por lo que vemos u oímos. Somos capaces de reconocer múltiples sensaciones pero no de experimentarlas apasionadamente permitiendo  aflorar, aunque de forma efímera, algunas emociones. Son estas pequeñas cosas las que nos empujan  más a la esencia del ser humano. Son esos impulsos que nos acercan,  nos permiten entender,  ponernos en la piel del otro,  ayudar y también a amar, lo que realmente estamos olvidando.

Todo esto estamos intentando rescatarlo e incorporarlo al currículo escolar  con la finalidad de formar personas, seres humanos, ciudadanos respetuosos, tolerantes, transigentes, demócratas y pacíficos. No es tarea fácil pues a juicio de muchos esto constituye una lamentable pérdida de tiempo, un esfuerzo convertido en pólvora mojada puesto que el tiempo es oro y la tarea educadora corresponde a la familia y a la sociedad. Entretanto, el profesorado a lo suyo, a enseñar muchas matemáticas, química o inglés – esta última disciplina parece ser una fijación de algunos prohombres de la vida pública –  porque eso de la formación de ciudadanos con arreglo a ciertos “catecismos ideológicos” es de una perversidad incalificable.

La pedagogía de los afectos y el cultivo de las emociones que genera aperturas, posibilidades de formación integral y elevación de  la estatura moral no es nada nuevo. Siempre ha habido grandes maestros y maestras que han hecho de su vida un ejemplo y han tenido el talento y la valentía de educar en esta clave.  Probablemente nunca oyeron cosas como tutoría, la atención a la diversidad o trabajos en valores. Pero sabían lo que debían hacer. Digo también valentía porque en nuestra propia casa, en la gran familia del profesorado aún hay profesionales que actualmente reivindican con vehemencia enseñar sin educar, instruir sin  la implicación  afectiva ni la presencia de valores ni emociones.  Es curioso, el pintor, la poetisa, el orfebre o la cocinera deben volcar lo mejor de su imaginación, de su paciencia, de su cariño y ternura en la actividad que desarrollan para lograr el  valioso producto del que sentirse orgullosos . Quienes trabajamos con jóvenes seres humanos no sólo tenemos la obligación de trabajar los valores y las emociones, debemos mostrar  ante nuestro alumnado lo mejor de nosotros mismos, nuestro mejor perfil, lo más ejemplar y edificante porque educar es ante todo trasmitir y contagiar más que decir.

Y ciertamente, volviendo al principio, hay cosas que nos impactan y nos alegran el día transmitiéndonos una bocanada de optimismo. Hace unos días, ojeando un periódico de los que pasas las hojas rápidamente porque casi prefieres estar desinformado que arriesgarte a leerlo, encontré un artículo exento de intencionalidades ideológicas. Estaba acompañado de una fotografía. Esta muestra a dos cuerpos humanos cargados de ternura. Ella, una jovencita de unos trece años, situada a la izquierda del observador, mira fijamente a la otra persona  frente a ella. La de la derecha, que puede tener unos treinta y tantos,  no se sabe si hombre o mujer – tampoco importa mucho – , concentra su atención   en la joven. El cruce de sus miradas ha paralizado el reloj del tiempo. Parece adivinarse un aire de comprensión, sosiego, apoyo y placidez. No dicen ni una sola palabra pero da la impresión de que se lo trasmiten todo. Permanecen inmóviles, en continuo letargo, como gozando de un ganado tiempo de paz, armonía  y mutua contemplación. Sus brazos están entrelazados al igual que sus piernas con las rodillas contraídas. No llevan ningún tipo de ropa ni tampoco las necesitan. Los seres más puros son aquellos que se muestran con absoluta naturalidad al presentarse al mundo cuando nacen. También cuando   lo abandonan.  Son dos personas unidas por lazos de eternos afectos, de amor para toda la vida  capaz de traspasar barreras, incluso tras  la muerte. Dos seres humanos que intencionalmente fueron enterrados abrazados y que ahora muestran por medio de sus esqueletos ese abrazo de amor eterno. Un abrazo de más de seis mil años. Es verdad; la datación de este enterramiento se concreta en seis milenios, en el neolítico del sur de España.

Los sentimientos y las emociones nos han acompañado y nos acompañan a las personas desde el principio. Emociones de alegría y de tristeza, emociones constructivas y destructivas, emociones para gratificar y también emociones para controlar. La educación de las emociones y de los valores es tarea de todos pero en estos años que nos ha tocado vivir parece que el sentido común, la dedicación y la paciencia son patrimonio de unos pocos. El analfabetismo emocional es un hecho. En este terreno el profesorado y las instituciones educativas debemos estar a la altura y asumir el reto constituyéndonos en el último dique donde contener la impulsividad, la violencia, las amenazas, los abusos …  al tiempo que favorecer el paso del respeto, el diálogo, la tolerancia y la colaboración.

La formación de personas requiere de tiempos, atenciones, afectos, dedicación, diálogo, paciencia  y mucha ternura. Quizás como esa posible madre o maestra con esa posible hija o alumna que destilan de todo lo que estamos diciendo y que con una paciencia y naturalidad sublimes nos lo cuentan más allá de seis mil años. Mucho más allá de su propia muerte.

                                                                               Juan Simarro García